La serie de Netflix de un caballo contra la depresión, la soledad y la crisis existencial
Bojack Horseman no es una historia para cualquiera que esté atravesando por un mal momento. Aunque quizás sí lo sea. La serie de Netflix de un caballo antropomórfico que lidia contra la depresión, la soledad y la crisis existencial no parece sonar muy alentadora. Sin embargo, lo que uno se encuentra a mitad del camino es una cuota de realidad y esperanza.
Cuando vi esta serie por primera vez creía lo típico: Una serie animada de Netflix de un caballo que habla no puedo tomarla en serio. Pensé que sería una comedia absurda, un sketch curioso o algo pasajero sin más. Y de hecho las primeras temporadas tuve esa sensación de sentir que miraba algo que no arrancaba.
Diría que las dos primeras temporadas (en buen chileno) son un poco “chacota”. O sea, más que eso, en realidad las cosas ocurren como en cualquier otra serie. Aunque quizás no tanto. Ya el hecho de que Bojack sea un caballo que convive con personas, con instituciones, con otros animales es absurdo. Por eso también hay que verla teniendo en cuenta que “el sentido común” si se quiere, aquí no aplica.
Bojack Horseman fue un famoso actor en los 90. Ahora en estas dos primeras temporadas se dedica (en su mayoría) a alcoholizarse y a lidiar con los dramas propios que le suponen ya no ser una estrella de la televisión. Está en proceso de escribir sus memorias con la ayuda de Diane (uno de los personajes más importantes para Bojack) y al mismo tiempo, debe convivr con Todd Chávez, un humano que no paga alquiler mientras vive con él.
Un caballo, la soledad y la depresión
La tercera temporada, en cambio, modificó muchas cosas. En estos episodios realmente uno puede acompañar a Bojack en el sufrimiento, pero al mismo tiempo ocurre algo muy raro. Empieza a gestarse (si es que en las temporadas anteriores no había ocurrido ya), por decirlo de alguna forma, una especie de hastío, rabia y decepción con el personaje principal.
Como pasa en casi todas las grandes series, el personaje principal nunca termina por ser ese arquetipo perfecto e ideal que lo soluciona todo o logra salir airoso de las situaciones. Muy por el contrario, los personajes que resultan y con los que más empaticé siempre fueron construcciones amorfas, incoherentes, con más sombras que claros, tal como lo es Bojack.
Y es que de aquí en adelante comienza el descenso del personaje a lo más profundo. La serie nos muestra a un Bojack que no termina de salir de un problema y ya está en otro. Claro que hay alegrías, pero estas quedan escondidas por los problemas que tiene. Con todo, Bojack termina convirtiéndose “admirado” y al mismo tiempo despreciado.
Y esa contradicción es lo que me parece que resume de mejor manera la historia: La serie de Bojack Horseman, un caballo que lucha contra la depresión, la soledad y la crisis existencial, no es un programa de Netflix cualquiera, ni es mayormente eso (lucha contra la depresión o soledad), sino que es, realmente una muestra de lo que es la vida y de cómo funcionan los finales.
Si la serie fuera eso, nos enseñaría a cómo lidiar contra la depresión o la crisis existencial. O nos mostraría un camina a la redención. Sin embargo, Bojack Horseman es una serie que se encarga de funcionar cómo un espejo de la realidad, cómo una proyección de la propia vida. No existen los finales felices o tristes, solo existen los finales. Lidiar con la depresión y la soledad no es un fin en sí mismo ni es el destino de alguien repudiable, es la consecuencia natural de vivir.