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Chile entre economía, seguridad y política: la mirada de Carolina

La tarde cae lenta sobre la plaza de una ciudad cualquiera de Chile. En este Chile actual, cuando los escolares ya se fueron y los autos empiezan a llenar las calles, Carolina, 38 años, trabajadora social, se sienta en una banca con una bebida en la mano, pensando en la economía, la seguridad y la política que marcan su vida diaria, mientras mira cómo la gente pasa rápido, con cara de cansancio.

“Si me preguntas cómo veo al país… yo diría que estamos cansados, pero no
derrotados”, empieza, después de pensarlo unos segundos. No habla como experta de
escritorio, sino como alguien que ha tenido que aprender economía en la fila del
supermercado, mirando cómo cambia el precio de la canasta básica semana a semana.

Cuenta que hace dos años todo parecía más caro cada mes. “Ahora dicen que la
inflación está bajando y uno algo lo nota: ya no sube todo tan brusco. Pero igual sigue
apretado, el sueldo no alcanza mucho más”.

Carolina vive con su pareja y su hijo pequeño en un departamento arrendado. Entre
arriendo, cuentas y deudas, la sensación es que el crecimiento del país , ese porcentaje
que se repite en las noticias, no se traduce necesariamente en alivio inmediato.
“Hablan de que la economía se está recuperando, que vamos a crecer más que antes. Me
alegro, obvio, pero en mi realidad eso se traduce en que quizás no me echen, que mi
lugar de trabajo no cierre. No es que de repente me sobren cien lucas a fin de mes.”

Chile, seguridad y economía en la vida cotidiana

Cuando se le pregunta por la política, suelta una risa corta, más irónica que alegre. Chile
llega a cada ciclo electoral dividido, en un clima donde la seguridad y la situación
económica dominan la conversación pública. “Yo voy a votar porque es obligatorio y
porque igual creo que sirve, pero ya no me compro el cuento de los salvadores. Todos
dicen que van a acabar con la delincuencia y mejorar los sueldos. Llevo años
escuchando lo mismo.”

La seguridad es uno de sus temas más sensibles dentro de la política chilena. Carolina evita caminar sola muy tarde;
prefiere tomar locomoción directo a la casa. “Una vive con miedo. No es que te asalten
todos los días, pero basta con que le pase algo grave a una vecina para cambiar tus
costumbres. Mis papás casi no salen de noche. En el barrio pusieron rejas, cámaras… y
aun así una siente que puede pasar cualquier cosa.” En su relato se cuela una sensación
compartida por muchos: la idea de que el crimen y la violencia se volvieron parte del
paisaje cotidiano.

También hay espacio para cierta esperanza. Desde su experiencia como trabajadora
social, Carolina reconoce valor en algunas reformas impulsadas en los últimos años: la discusión sobre mejores pensiones, la reducción de la jornada laboral, el aumento del
salario mínimo, lo cual impacta de lleno en nuestra economía. “No es suficiente, pero al menos se está hablando de que la gente viva un poco mejor. Mis papás están atentos a lo de las pensiones; si eso mejora, ya es un avance gigante. Lo mismo con las 40 horas: yo todavía no las tengo, pero si llegaran,
sería más tiempo con mi hijo.”

Sin embargo, la desconfianza no se disuelve tan rápido. “Lo que más me molesta es que
muchas decisiones se toman lejos de la vida real. Hablan de crecimiento, de estabilidad,
de índices… pero nadie se sienta en la sala de espera de un consultorio, en un comedor
solidario o en una caja de supermercado a escuchar a la señora que está sacando
productos porque no le alcanza.” Ahí, dice, se ve el país de verdad: en quien paga en
cuotas la mercadería, en quien cambia la marca del aceite, en quien mira dos veces la
cuenta de la luz.

Aun así, Carolina no se declara pesimista. “Mira, yo igual creo que este país tiene cosas
buenas: comparado con otros, seguimos teniendo cierta estabilidad, acceso a salud,
educación, con todos sus problemas, pero existen. El tema es que esa estabilidad la
sentimos muy frágil. Como que cualquier cosa, una enfermedad, quedar sin trabajo,
te puede desarmar la vida.”

Antes de volver al trabajo, concluye con una frase que mezcla resignación y deseo: “Lo
mínimo que espero es que el próximo gobierno, sea quien sea, nos escuche un poco
más. No solo cuando marchamos o cuando hay crisis, sino en el día a día. Porque al
final, los que vivimos el país somos nosotros, los de a pie”.

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