Parque Ribera Biobío: El barrio que nació de un basural en Chiguayante
La transformación de una comunidad puede conocerse a través de la memoria de quienes han vivido sus cambios durante décadas. Hugo es el vivo reflejo de una población que transformó su entorno radicalmente; llegó al sector en 1992, cuando la realidad era muy distinta. Desde entonces, ha sido testigo de cómo las familias dejaron atrás aquel viejo basural para dar paso al Parque Ribera Biobío, un pulmón verde que hoy es el orgullo de Chiguayante.
Hay barrios que cambian lentamente, casi sin que quienes los habitan se den cuenta. Las casas se amplían, aparecen nuevos negocios, se pavimentan espacios y los sitios que alguna vez estuvieron vacíos terminan convertidos en plazas o parques. Para quienes llevan pocos años viviendo en la comuna, esas transformaciones pueden parecer parte natural del paisaje. Para un vecino antiguo, en cambio, cada modificación guarda una historia de esfuerzo de fondo.

Hoy, la realidad es completamente distinta a la de los años noventa. El empuje de los vecinos demostró cómo se puede cambiar el destino de una zona olvidada, transformando un foco de contaminación y viejo basural en el actual Parque Ribera Biobío el gran orgullo verde de Chiguayante.
Un barrio pensado para sus trabajadores
Cuando Hugo llegó, las viviendas del sector tenían una característica que hoy resulta difícil imaginar, prácticamente todas mantenían el mismo diseño. Se trataba de casas básicas mejoradas, construidas bajo un proyecto habitacional destinado principalmente a personas vinculadas al área de la salud. “Era para la gente que trabajaba en los hospitales y consultorios”, explica.
Las viviendas contaban originalmente con espacios reducidos. Living-comedor, baño y dos habitaciones formaban parte de una estructura que, con el paso de los años, comenzó a quedar pequeña para las familias. Pero las propias necesidades de los habitantes fueron modificando el paisaje. “Empezaron a hacer sus propias construcciones, de acuerdo a sus necesidades”, recuerda Hugo.
Así, las casas comenzaron a crecer hacia los espacios disponibles. Lo que en un comienzo era un conjunto de viviendas uniformes fue adquiriendo características propias, cada ampliación terminó contando parte de la historia de las familias que permanecieron en el sector. Sin embargo, las transformaciones no se limitaron a las viviendas.
De un basural al Parque Ribera Biobío
Uno de los principales recuerdos de Hugo sobre la población está relacionado con un espacio ubicado hacia la parte posterior del sector. Allí, durante años, existió un sitio eriazo donde se acumulaban distintos tipos de desechos que contrastaban con las viviendas. Sin embargo, el cambio radical llegó con la erradicación definitiva de ese basural para dar paso al Parque Ribera Biobío, una transformación que renovó por completo el entorno de los vecinos de Chiguayante.
Colchones, madera y otros objetos eran arrojados en el lugar, convirtiéndolo en un espacio que contrastaba con las viviendas que lo rodeaban. Sin embargo, el cambio llegó con la construcción del Parque Ribera Biobío, hace aproximadamente cuatro años según su recuerdo, “Con eso cambió toda la población completa”, sostiene.
La transformación modificó no solo la apariencia del lugar, sino también la manera en que los vecinos pueden utilizar ese espacio. Hugo destaca la presencia de juegos de agua, canchas y sectores destinados a distintas actividades recreativas.
Para él, el parque representa uno de los ejemplos más claros de cómo evolucionó el barrio. Lo que antes era un espacio asociado a la basura y al abandono, pasó a formar parte de un entorno utilizado por los habitantes. El cambio también generó una nueva relación entre las viviendas y el espacio público.

Más que casas una población que se fue consolidando
Hugo explica que cuando llegó, la villa ya contaba con infraestructura básica y urbanización. Las calles estaban pavimentadas y existían servicios como alcantarillado. Por eso, su experiencia de transformación está menos relacionada con la llegada de la urbanización y más con la evolución de los espacios que rodean las casas. No hubo así como vivir en barro, ni nada de eso”, aclara.
La diferencia, entonces, se encuentra principalmente en el desarrollo posterior del barrio, ya que con los años aparecieron nuevos servicios y aumentó la cantidad de personas que viven en el sector. Actualmente, Hugo menciona la presencia de una farmacia, un banco y ferias que funcionan determinados días de la semana.
También destaca la conectividad del lugar, aunque reconoce que no existe una gran cantidad de recorridos de transporte público, considera que el sector mantiene alternativas para trasladarse hacia distintos puntos. Para un vecino que lleva más de treinta años allí, estos cambios son parte de una evolución que ha mejorado las condiciones de vida.
La razón de Hugo para quedarse
A pesar de todas las transformaciones, hay algo que Hugo considera que se ha mantenido: la tranquilidad. Cuando llegó, existía una cercanía particular entre los vecinos, muchos tenían actividades laborales similares y eso, según cuenta, ayudaba a generar afinidad entre quienes habitaban las casas. “Todos nos respetamos bastante”, señala.
Esa convivencia aparece como uno de los motivos que explican por qué decidió permanecer durante tantos años en el mismo lugar. También recuerda que el clima y la tranquilidad fueron importantes en su decisión de quedarse. Después de haber vivido en otro sector, considera que las condiciones del lugar favorecieron su permanencia.
Con el crecimiento de la población, aquella comunidad inicial fue cambiando, llegaron nuevos habitantes, las casas se ampliaron y aparecieron más servicios. Sin embargo, Hugo sostiene que la convivencia entre vecinos continúa siendo una característica del sector.
Lo que queda del pasado
Cuando se le consulta a Hugo sobre qué elementos del pasado desearía conservar, su postura prioriza el progreso y descarta la nostalgia al afirmar que lo negativo ha quedado atrás. A pesar de persistir problemas menores de espacio en los pasajes, la transformación del sector representa un avance categórico para la comunidad de Chiguayante al superar el antiguo basural en las inmediaciones del Parque Ribera Biobío.
“Lo malo quedó atrás”, afirma. La frase resume su manera de observar las transformaciones. Los sitios eriazos, la basura y las condiciones que considera negativas forman parte de una etapa que prefiere dejar en el pasado. Por eso, más que nostalgia, en su relato aparece una valoración del progreso. “El antes era bueno, pero ahora se superó más todavía”, dice.
Su mirada no desconoce los problemas que todavía existen en la población. Menciona, por ejemplo, que algunos pasajes son demasiado angostos y que los vehículos deben quedar afuera debido a la falta de espacio. Pero, en comparación con los cambios que ha presenciado durante más de tres décadas, considera que se trata de una dificultad menor.
Una villa que todavía sigue escribiendo su historia
La historia de este lugar no está únicamente en sus calles ni en las viviendas que se han ampliado con el tiempo. También está en la memoria de quienes han permanecido allí mientras el paisaje cambiaba.
Hugo llegó en 1992 a un conjunto de casas similares entre sí. Con el paso de los años vio cómo esas viviendas se adaptaron a las necesidades de sus familias, cómo aumentó la cantidad de habitantes y cómo un sitio eriazo terminó convertido en un espacio recreativo.
El parque es hoy una de las principales referencias del sector, pero la transformación va más allá de sus áreas verdes. También se expresa en la llegada de servicios, en la consolidación de la comunidad y en la percepción de seguridad y tranquilidad que el vecino asocia con su barrio.
Después de más de treinta años, Hugo no parece mirar el pasado con nostalgia. Su balance es otro, las transformaciones han significado una mejora. “Fue en escala avanzando para mejor”, resume.
En un barrio que continúa creciendo, su testimonio funciona como una fotografía del tiempo. Una imagen que muestra que los lugares no solo cambian cuando se construye una nueva calle, una casa o un parque. También cambian cuando quienes los habitan comienzan a mirar el mismo espacio con otros ojos. Y para Hugo, después de más de tres décadas, ese lugar sigue siendo su casa.